Eälemar es el único continente que la leyenda conoce, pero el mundo que lo contiene tiene un nombre más antiguo: Ëavorn, el Gran Cántico hecho materia. Durante siglos, el Imperio Unificado de los Siete Reinos y los Bosques Sagrados del Sur se han mirado con la desconfianza de quienes olvidaron por qué empezaron a temerse. Ninguno de los dos pueblos sabe todavía que comparten una misma profecía dormida.
Esa profecía tiene nombre: El Lazo de la Primera Luz. Y tiene, sin que ellos lo hayan elegido, dos portadores — un paladín humano criado para purificar la oscuridad con la espada, y una guardiana élfica criada para protegerse de todo lo que viene de fuera del bosque. Cuando el presagio los obliga a cruzar el mismo umbral, ninguno de los dos encuentra al enemigo que esperaba. Encuentra, en cambio, el principio de algo que sus mundos nunca les enseñaron a nombrar.
Cuando el bosque dejó de cantar, Silwen Thaliel comprendió que algo más antiguo que el miedo había despertado en los márgenes del mundo.
Lazos de Luz Eterna se construye con la escala de las grandes sagas de fantasía — geografía propia, cosmogonía propia, lenguas propias — y con la honestidad moral de quien sabe que ninguna guerra deja un solo bando limpio. Pero su corazón no es cínico: es una historia sobre lo que dos pueblos enemistados pueden construir cuando deciden, contra todo lo aprendido, sostenerse el uno al otro.
No toda historia es oscuridad. Hubo un tiempo en que fueron, simplemente, dos personas aprendiendo a conocerse.
Todo esto llega al lector filtrado por una voz que no estuvo allí: el Cronista, un archivero de la Vieja Orden que reconstruye la leyenda a partir de fuentes incompletas, contradictorias y, a veces, interesadas. Esa distancia — escéptica, metódica, y sin embargo conmovida por lo que transcribe — es una de las decisiones que definen esta saga.